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La Matutina Digital
No te rindas, mañana será (repite ese pensamiento cada día)
Por: Jean Farías - Ecuador
Isaías 41:13
Pues yo te sostengo de tu mano derecha; yo, el SEÑOR tu Dios. Y te digo: «No tengas miedo, aquí estoy para ayudarte.»
La vida, en ocasiones, puede golpearnos tan fuerte que sentimos que ya no podremos levantarnos. Las puertas que esperábamos ver abiertas se cierran de golpe, los planes cuidadosamente construidos parecen desmoronarse, y por momentos todo parece ir en nuestra contra.
Pero este versículo nos recuerda una verdad poderosa: no caminamos solos.
Dios no solo nos mira desde lejos; Él nos toma de la mano. Cuando nuestras fuerzas se agotan, Él sostiene las nuestras. Cuando la duda nos paraliza, Él susurra: “No temas, yo te ayudo”. Y aunque hoy no veas resultados, aunque el proceso sea largo y el esfuerzo parezca silencioso, llegará el día en que aquello por lo que tanto luchaste finalmente florecerá.
Ese día, tus lágrimas no serán de dolor, sino de alegría y gratitud, porque comprenderás que cada caída, cada puerta cerrada y cada noche difícil te preparaban para ver la fidelidad de Dios manifestarse con más claridad.
Y es aquella misma lucha la que nos recuerda que este mundo no te pertenece y que, así como recibiste aquella recompensa, en el cielo Jesús estará orgulloso esperándote con una corona de vida eterna.
Pero este versículo nos recuerda una verdad poderosa: no caminamos solos.
Dios no solo nos mira desde lejos; Él nos toma de la mano. Cuando nuestras fuerzas se agotan, Él sostiene las nuestras. Cuando la duda nos paraliza, Él susurra: “No temas, yo te ayudo”. Y aunque hoy no veas resultados, aunque el proceso sea largo y el esfuerzo parezca silencioso, llegará el día en que aquello por lo que tanto luchaste finalmente florecerá.
Ese día, tus lágrimas no serán de dolor, sino de alegría y gratitud, porque comprenderás que cada caída, cada puerta cerrada y cada noche difícil te preparaban para ver la fidelidad de Dios manifestarse con más claridad.
Y es aquella misma lucha la que nos recuerda que este mundo no te pertenece y que, así como recibiste aquella recompensa, en el cielo Jesús estará orgulloso esperándote con una corona de vida eterna.
Confía. Aún en medio de la batalla, Él no te suelta. Y cuando llegue tu bendición, sabrás que fue Su mano la que te sostuvo hasta el final.
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