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La Matutina Digital
La promesa que consuela.
Por: Christian Zambrano Funes - Ecuador
2 Crónicas 7:14
Si se humilla mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra.
En un momento de profunda necesidad de consuelo, abrí mi Biblia con la oración en mi corazón: "Señor, habla a mi alma". Mis ojos cayeron en este versículo: "Si se humilla mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oran, y buscan mi rostro, y se convierten de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra".
En ese instante supe que Dios me estaba hablando directamente. No solo a su pueblo en general, sino a mí en particular. Él me recordó que el camino hacia Él pasa por la humildad —reconocer que no tengo todas las respuestas, que necesito su ayuda—. Que la oración no es solo pedir, sino buscar su rostro, anhelar estar cerca de Él. Que el arrepentimiento nos libera del peso de nuestros errores, abriendo la puerta a su perdón.
Aunque en ese momento lo que necesitaba era sanación para mi corazón, Él también me mostró que su cuidado va más allá de mí mismo: cuando nos volvemos a Él, no solo somos nosotros quienes recibimos su bendición, sino que nuestra tierra —nuestro entorno, nuestra comunidad, nuestros seres queridos— también puede ser tocada por su mano sanadora.
En ese versículo encontré el consuelo que buscaba, porque supe que Dios me escucha, que perdona y que tiene el poder de sanar todo lo que está roto en nosotros y a nuestro alrededor.
En ese instante supe que Dios me estaba hablando directamente. No solo a su pueblo en general, sino a mí en particular. Él me recordó que el camino hacia Él pasa por la humildad —reconocer que no tengo todas las respuestas, que necesito su ayuda—. Que la oración no es solo pedir, sino buscar su rostro, anhelar estar cerca de Él. Que el arrepentimiento nos libera del peso de nuestros errores, abriendo la puerta a su perdón.
Aunque en ese momento lo que necesitaba era sanación para mi corazón, Él también me mostró que su cuidado va más allá de mí mismo: cuando nos volvemos a Él, no solo somos nosotros quienes recibimos su bendición, sino que nuestra tierra —nuestro entorno, nuestra comunidad, nuestros seres queridos— también puede ser tocada por su mano sanadora.
En ese versículo encontré el consuelo que buscaba, porque supe que Dios me escucha, que perdona y que tiene el poder de sanar todo lo que está roto en nosotros y a nuestro alrededor.
Cuando nos humillamos y buscamos su rostro, Dios escucha, perdona y sana.
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